El verano pasado, mi amigo Jake invitó a nuestras familias a un parque acuático. El primer fin de semana caluroso del año.
Sabía que tendría que quitarme la camiseta. Si la dejaba puesta, mis amigos me molestarían. "¿Qué, tienes 12 años? Quítate la maldita camiseta."
Entonces lo hice.
Gran error.
El hijo más pequeño de Jake – de unos 18 meses – se acercó tamaleándose mientras yo estaba sentado al borde del río perezoso. Se agarró a mi pecho para sostenerse.
Luego el niño empezó a hozar en mi pecho como buscando a su mamá.
Jake lo vio. "Está intentando chupar tus pechos, jaja."
Todos a nuestro alrededor empezaron a reírse. Su esposa. Otras familias. Incluso mi esposa esbozó una sonrisa.
Me forcé a reír. "Sí, muy gracioso."
Pero lo único en lo que podía pensar era en ese salvavidas fornido que observaba todo.
Y en el papá dos sillas más allá con sus hijos – abdominales, hombros anchos, parecía salido de una revista.
Y en mi amigo Jake mismo, que de alguna manera se mantuvo delgado después de dos hijos mientras yo me convertía en una foto del "Antes".
Agarré mi toalla y me fui al baño.